sábado, 30 de agosto de 2008

Literatura y realidad


“O se escribe por juego, entretenimiento propio y de los lectores, para pasar y hacer pasar el rato, para distraer o procurar unos momentos de agradable evasión; o se escribepara buscar la condición del hombre, empresa que ni sirvede pasatiempo, ni es juego, ni es agradable.”


Ernesto Sabato.



Por Reyes Gilberto Arévalo**


Mi intención es conversar sobre el sentido propio de la palabra y sus repercusiones en el lenguaje. Me refiero a la palabra que nos lleva a encontrar la terca insistencia de vibraciones desconocidas, a señalar el parpadeo resplandeciente de las caídas de agua, a escuchar los rumores de vivientes obstinaciones prestos a convertirse en exclamaciones de niños sorprendidos, que muestra el instante en que cada cosa recobra el movimiento universal. La palabra que nos permite presentir la respiración de remotos horizontes, que nos tienta a adivinar el dialogo cotidiano del extravío de los sentidos. Hablo entonces de la palabra que nos conduce al poema, que nos lleva de la mano a mostrar evidencias que exigen - como propósito – la sinceridad en la expresión escrita. La palabra es identidad, sin ella existiríamos en borrador, en trazos mal dibujados, llenos de movimientos y de impresiones digitales, pero sin la conciencia de presentimientos que al escribirlos se conviertan en esperanzas, delirios, memoria; en todo lo que nos hace tener el sentimiento interior de lo que somos. Al escribir poesía este sentimiento interior se fragmenta en medio de una algarabía de sensaciones, sensualidades, e imágenes. Luego viene la calma a través del poema esperado y encontrado en esa embriaguez satisfecha, percibo de pronto que me descubro a mí mismo, quiera o no me pongo en evidencia, me descobijo y queda revelada mi interioridad. Es decir, cada palabra se vuelve descubridora, me doy a la mirada de todos, soy observado, escrutado, averiguado, me convierto en sujeto indagado y rastreado. Aquí es donde – si existe lo auténtico – se aprende a asumir la responsabilidad del acto de escribir, para mí a través de la palabra - para bien o para mal – se ofrece una conducta. Así como en la desnudez corporal no deben de existir términos medios, mas aun esto es vital, cuando quien escribe echa a andar la desnudez de los sueños de su conciencia. Indagando en esta conciencia, el escritor debe de tener atributos que le permitan encontrar su verdadero rostro ante el desconcierto del drama histórico de su existencia. En nuestro país, existen poetas, escritores que no les interesa el desgarramiento, la soledad, la desdicha de la condición humana. Sienten vergüenza hablar de esas cosas tristes. Dios los guarde que su obra se vincule con la impureza, lo precario, con la incertidumbre total de seres marginados, todo lo contemplan a distancia. Estos “autores”, no reparan que toda “obra es un hecho social” ( J.P. Sartre), y que esto genera una escala de valores éticos y morales frente a la realidad que les tocó vivir, por lo contrario son propiciadores de valores que se concretan en su imaginación y no en la realidad. Temen incomodar a alguien en lo que escriben; se quedan arropando más cosas de las que expresan. Se preguntan con impudicia qué dirán su mujer, sus hijos, los vecinos, los compañeros de trabajo, aunque esto les produce un amargo sabor en la boca prefieren deglutirlo y no restregar sus golpes de pecho en la página en blanco. Nos proponen un lenguaje que se abandona a una suerte de ordenamiento y rigurosidad, ofrecen sentimientos añadidos, que oscilan entre la suposición y la nada, entre lo falso y lo indiferente, entre la evasión y lo puramente formal. Escriben bonito. Todo lo reducen a la apariencia agobiada por una expresión escrupulosa y de una resonancia deliciosa, exquisita, que se aproxima a la perfecta arrogancia estilística. Es precisamente en todo lo anterior que reside lo impersonal de su obra. ¿No les ha pasado a ustedes que al terminar un excelente libro, lo cierran con una sonrisa, con un respirar profundo en señal de gozo, humanidad y satisfacción?; en cambio en la lectura, - si tienen el tiempo y el coraje de la paciencia de llegar al final- de algún libro de los impersonales, no dejan nada o quizá si: la mas absoluta somnolencia de un vacío de incalculable eternidad y el olor a moho de las cosas póstumas. Es que ellos se instalan a escribir con la solemnidad propia de los velorios, en una mano estrujan las cuentas de un rosario mal rezado y con la otra digitan su obra en su laptop de última generación. Admiten honestamente que aspiran a convertirse en “Monolitos de la Literatura Nacional”, se la pasan a la espera que los periódicos publiquen su nombre en letras de molde y se entregan en forma desmedida al narcisismo literario. Quieren, a toda costa, que el ambiente que los circunda les reconozca la celebridad que suponen sus escritos y se esconden en una modestia de sutil mezquindad. El Sistema, por su misma naturaleza, no solo se apropia de los bienes de producción sino también del pensamiento del ser social y esto es imperativo que los poetas y escritores jóvenes, lo reflexionen antes de abotonarse la camisa, limpiarse las uñas y comenzar a escribir, si no toman conciencia de su labor corren el riesgo de manifestarse con un lenguaje novedoso en su candor, de artificios irrelevantes, raquítico en su exaltación y reivindicador de emociones intrascendentes, todo para balbucear, patalear y no caminar. Hay que tener cuidado con la palabra sumisa, que mueve la colita ante la palmadita sobre el hombro, que cierra los párpados ante la lisonja; ¡denle de patadas en el trasero al lenguaje que se refugia en la timidez, la hipocresía y la cobardía! ¿Adónde habíamos quedado? ¡Ah! Si, con los bloques de piedra de la literatura nacional.Al despertar, uno de sus propósitos es alejarse de lo instintivo, de la desmesura, del desatino que provoca el humor, de todo aquello que pueda conducirlo al temblor de los sentidos, nada mas peligroso para ellos que verse inmerso en una pasión, se desvanecen ante el asombro cotidiano que proporciona el paisaje interior de la vida. Se encuentran aferrados al pensamiento absoluto, que la ambición les genera al querer ser reconocidos por la cultura oficial y ser propuestos a ser miembro de la Real Academia de la Lengua, del Ateneo Salvadoreño o de Corporaciones filósofo – filantrópicas, para quedar convertidos en un bien nacional, que permanece al acecho del metafísico anhelo de la inmortalidad. Para finalizar quiero decirles que escribir poesía no es más que una manera de renunciar a las miserias de uno mismo y encontrar la plenitud que proporciona la alegría de vivir.


Santa Tecla, Agosto del 2008


** Presidente de la Asociación Salvadoreña de Médicos

Escritores “Alberto Rivas Bonilla”, Filial Colegio Médico

viernes, 1 de agosto de 2008

Una cita con Borges


Cita con Borges en el Rockefeller Center

Te yergues imponente sobre el paso del
transeúnte.
Ocupas tu lugar de privilegio
en la avenida donde el mundo
muestra su oropel y
sus metales.

Te confundes con tu blasón plateado,
entre los viejos conocidos:
GAP, De la Renta, Bulova...

La sangre de los rieleros se ha perdido
en el olvido,
el color del petróleo es el perfume de las flores en sus tumbas.

Pero,

No es a ti por quien yo vengo.
No es lo tuyo, lo que busco.
No son tus metales,
tu estatua dorada,
tu pista de hielo donde
las figuras se deslizan indiferentes al mundo...

Busco tu sótano.
Busco un rincón bajo tu peso:
es un lugar invisible,
un rincón,
un punto olvidado en el espacio del bullicio..

Atravieso la avenida.
Abro una puerta.
Como un viejo conocido
me introduzco
entre estantes,
a donde siempre tengo una cita con lo improvisto...




Busco un viejo amigo
que encontré un día,
precisamente acá,
hace catorce años.

Registro los rincones en medio de los libros.
Mi mano temblorosa presiente ya,
algo nuevo,...puede que...

¡No puede ser!

¡Esto es una broma del destino!

¡Aquí estás otra vez!

¡ Qué sortilegio!

¡ Qué misterio este de encontrarte!

¿Cómo puedo encontrarte debajo de esta calle,
perdido en los estantes olvidados de Manhatan.?

¡Otra vez!.

Pero aquí estás,
quizá esperándome,
sabiendo que vendría.

Acá te conocí,
y hoy me regalas otra vez algo de ti:
tus últimos poemas,
tu ultimo prólogo,
tu ultima luz: “Los conjurados”

En mis manos estás hoy...
Jorge Luis Borges
Que “dejaste a los demás el universo
Y a [tu] ceguera, la manía del verso”

Jorge Castellón

Octubre 14 del 2006















martes, 22 de julio de 2008

La tristeza y la literatura II


Ayer hablamos de la literatura y la tristeza, o de la tristeza en la literatura. Decíamos que la literatura debe llamar la atención sobre la tristeza, mostrárnosla. No porque no la veamos. Pero debe mostrárnosla de otra forma, de una forma que nos permita llegar a aquello que Vargas Llosa llamó, la compasión.

El arte es transformador. Nos afecta, quizás en ocasiones, mucho más de lo que la realidad desnuda lo puede hacer.

Transcribo como ejemplo estos poemas de Reyes Gilberto Arévalo, de su libro El silencio de los sentidos, es él un escritor salvadoreño, médico pediatra de profesión, que nos habla de una realidad que conocemos, pero que no es difícil ver de frente… he aquí lo que puede hacer la poesía con la realidad.


Niño ciego


Se restriega los ojos
simulando quitarse una basurita,
dulces palabras
atraen su atención


La madre
quiere un hilo de luz
en la memoria de su hijo

Ha de enterarse
que a la vida se viene
para ver la luz
y sus alrededores



Hidrocefalia



Memoria perdida
es su existencia,
nació
con agua en la cabeza.

Ha de crecer
con rumor de caída de agua,
que es su imaginación.


Niño quemado


Carne viva
en cuerpo de humano
temblor,

lágrimas
en gritos suplicantes.

Lo bañan
con lo delicado
que deja un beso en la frente.

Por el momento
injertos
anudan esperanzas

En la amplitud del tiempo
y en señal de vida,
cicatrices
han de cubrir su piel.


Tomado de: Poesia Extraviada. Antología poética. Reyes Gilberto Arévalo. Canoa editores, El Salvador. 2007.

lunes, 21 de julio de 2008

La tristeza y la literatura


Hace algunos días leí unas palabras, una sentencia, una conclusión: la alegría no nos necesita, la autora de dicha frase, me pareció, resumia en cinco palabras todo un largo camino de comprensión del por qué de la literatura, del poema. Por extraño que parezca, en esas cinco palabras se esconde toda una verdad inobjetable. No aceptarla, no lidiar con ella por lo menos, nos deja al margen de la realidad, del mundo, del destino, de una mejor comprensión de la vida. Cuando Marguerite Duras escribe eso, nos quiere sin duda, decir muchas cosas. Pero precisamente, creo - como era su costumbre-, nos da las palabras necesarias, las justas, para entrar a un sentido todavía mas profundo y complejo, aquel que nos explique el por qué se escribe…

Intentando recordar algunas palabras de Ana Maria, Matute, esta otra escritora parece seguir el pensamiento de Duras, cuando apunta que la verdadera literatura es triste, porque triste es la vida. Que la literatura intenta presentar esa realidad de una forma distinta, pero no por ello menos triste. Pero henos aquí ante una paradoja. Si el arte es esencialmente una experiencia estética, y si la estética se refiere a la percepción y creación de la belleza, ¿cómo lo triste puede ser bello?

La obra máxima de la literatura latinoamericana es para muchos El llano en llamas (1953), de Juan Rulfo. Este autor, tan solo escribió dos obras. Con eso bastó. Eso fue suficiente para abarcar la realidad no en extensión, sino en profundidad. Nadie medianamente sensible o informado, puede negar que la obra de Rulfo, difícilmente puede excluirse de dos adjetivos aparentemente incongruentes, el de ser una obra bella, y el de ser una obra triste. Que nos habla de la tristeza. Por su parte, el antecedente literario de la obra de Rulfo, Cuantos de Barro (1934), del salvadoreño Salarrué, es después de tres cuartos de siglo, la obra cumbre de la literatura de este país centroamericano. Ambas, aquella y esta, consideradas por Augusto Monterroso, los cuentos más tristes de Latinoamérica.

Muy particular recordar, que la novela The Road, del norteamericano Cormac Mc Carthy y que ganara el Premio Pulitzer el año recién pasado, es una fatídica historia, en un mundo en destrucción, en caos, eso que de forma tan simple algunos llaman futurista. Más atrás en el tiempo, Las uvas de la ira, (1039) de John Steinbeck es por su parte una de las mejores novelas en lengua inglesa del siglo veinte y una mas, de ese siempre triste paisaje humano al que Steinbeck dedico su vida.

No podemos olvidar, The Old Man And The Sea (El viejo y el mar) publicada en 1952 por Ernest de Hemingway, una de las historias más hermosas de la literatura universal, y que Vargas Llosa destaca por su llamado a la compasión. Sólo lo triste te arrastra a la compasión. La soledad de Santiago, su lucha y su triunfo, es una bellísima historia humana eternizada.

Y los cuentos de Wilde, como El príncipe egoísta o El ruiseñor y la rosa, ¿no son en su esencia tristes? ¿Y que son Los miserables entonces, o Los Hermanos Karamazov? Tan sólo historias tristes, hermosamente tristes.

La tristeza nos necesita, la literatura debe llamar la atención sobre la tristeza, nos dice nuevamente Matute. Pues el compromiso del escritor es el compromiso con lo verdadero, con lo bueno y con lo bello.


Jorge Castellón

miércoles, 16 de julio de 2008

Ana María Matute






Sobre el lenguaje y la literatura.

La palabra es lo más bello que se ha creado. Lo único que tenemos los seres humanos. En el resto nos parecemos a los animales. La palabra es lo que nos salva, es el arma más importante que tenemos, es aquello que nos diferencia de los animales: la palabra y la sonrisa. Para mí es algo fundamental. Incluso con la palabra me siento como una pobrecilla, qué sería de mí si no pudiera hablar. Lo único triste es darse cuenta con el tiempo de que esta arma de aproximación tan efectiva que tenemos los humanos, que es la palabra, cuando verdaderamente es necesaria para algo importante, para comunicarnos profundamente de humano a humano, no sirve, resulta pobre. En ese momento hay que buscar otro lenguaje, el que está detrás de las palabras conocidas. Lo que yo llamo el lenguaje "ningún", ese lenguaje con que puede comunicarse todo ser humano, ese lenguaje que puede entender todo ser humano y hasta no humano: los gatos y los perros, y los pájaros también, y hasta las flores. Este es el lenguaje que yo imagino que utilizan los gnomos, los trasgos, los duendes y hasta las hadas. [...] El lenguaje "ningún" que tiene gotas de luna en los ojos..., el lenguaje "ningún" que está detrás de las palabras y se refleja en los ojos de las personas, y los ojos son el espejo del alma. Lástima que, desde que fueron a la Luna todas esas gentes, el encanto se ha estropeado un poco. Todos hablamos con las mismas palabras: "silla", "nariz", "hombre", "mujer", pero es la forma de colocarlas, de correrlas, de poner una delante de otra o detrás de otra, de dejar espacios en blanco, lo que llega a ser la literatura; es decir, encontrar la verdadera lengua dentro de la lengua. El lenguaje que está detrás de las palabras, al que llamo lenguaje "ningún", cuando se escribe con el envés de las palabras, como cuando se vuelve un bordado y se ve la trama, el tejido, eso es la literatura. Y fundamentalmente, eso es la poesía. Le tengo respeto a la poesía; es la máxima expresión literaria. Quizá ese lenguaje sea en el fondo mi definición personal de lo que es la escritura. Algo que no se limita a contar hechos, cosas, sucesos. La literatura es dar una visión de lo que la verdad es: por ejemplo, una vida, una persona, unos sentimientos. El lenguaje "ningún", según yo lo describo en Olvidado rey Gudú, es el lenguaje de los duendes y algo más complicado de explicar en pocas palabras.




Ana María Matute


Tomado de Ana Maria Matute. La voz del silencio. De Marie-Lise Gazarian-Gautier. Espasa. Madrid, 1997.





Nota: las negrillas no aparecen en el original.

lunes, 23 de junio de 2008

La obra artística: su creación, goce y recreación.


La creación artística.

Conocer, aprender, descubrir o encontrar. De todo ello, se dice que lo más significativo en el arte, siempre, será el instante de encontrar. Y quizá esa sea una de las muchas diferencias entre la ciencia y el arte, pues el científico, a diferencia del artista, tiene un método para descubrir la verdad científica que es su objetivo. Por su lado, la persona que crea una obra artística no tiene un método prescripto para alcanzar lo que quiere. No existe un método artístico como tal para llegar a la creación de la obra perfecta. El artista está condenado a la lucha sin tregua consigo mismo, a la desesperación, a la locura, a la soledad, al desgarrante dolor, a la frustración constante, y alguna vez, puede que le sea permitido arribar a la orilla de su sueño, de su anhelo: su obra cumbre, esa que tan sólo ha imaginado.

No es menos ardua la labor científica, pero difiere en que el quehacer artístico no hace hipótesis, no traza un método, no tiene una lógica de discernimiento encaminado a un fin. Cuenta tan sólo con el impulso creativo del artista, su talento o su destino; con una inexplicable noción de la belleza en cualquiera de sus formas; así como, con esa ilimitada fuerza emotiva que le permite lograr ese rapto, ese secuestro increíble de algo que parece no pertenecerle, pero que sin embargo, engendra, para otra vez, dejar de ser de él o de élla, y al final abandonarle.

Sí, hay aquellas excepciones donde este esfuerzo del engendrar creativo, parece estar ausente. Es cuando el artista no sólo imagina extraordinariamente, sino que, posee el genio, ese halo creador que hace que su labor se haga con espontánea alegría, -como si fuese una función natural de la persona-, y que su creación sea tan perfecta, tan lograda, como para siempre devenir eterna. Pero los Mozarts, los Rimbauds, los Paganinis, o los Van Goghs, parecen ser extrañas excepciones, inauditas, y nos hacen creer que esa prolijidad de la facultad creadora pudiera estar al alcance también del resto de la humanidad, con esa misma facilidad… ¡Oh, triste espejismo! Pues para la gran mayoría de los seres humanos, la creación artística es una batalla, una lucha, pero no por ello, menos alegre, menos jubilosa, menos mágica y fructífera que la de aquellos venidos a este mundo con el halo de su genio. Puesto que si bien hubo un Mozart, también hubo un Salieri, y al caprichoso e incansable inventar de lo perfecto, se le aúna siempre, el disciplinado intento de algún día, merecer encontrarse con lo eterno, por lo menos una vez, en nuestra más que breve vida de seres de carne y hueso.

Pero en cualquiera de los casos, como genio o como obrero artístico, la persona se enfrenta a una vivencia común, indecible, llegado el instante de dar a luz su obra: el misterio de la creación.

El gran biógrafo Stefan Zweig nos recuerda que si algo nos está vedado conocer, esto es el arcano de la creación. Con su trabajo ingente sobre le proceso de creación artística, Zweig nos confirma que tan sólo podemos rastrear el surgimiento de la obra, conocer su desarrollo inicial, pero jamás su momento último, momento que aun para el creador mismo, es algo inefable e incomprensible. La creación artística es un acto sobrenatural en una esfera espiritual que se sustrae a toda observación, anota Zweig. Y luego prosigue: Toda nuestra fantasía y toda nuestra lógica no pueden facilitarnos sino una idea insuficiente del origen de una obra de arte.[1]

Es como si, al entregarnos la obra, el artista entra en una dimensión ajena al mundo material, ajena a la conciencia en su estado de funcionamiento normal. Aquí, se entra a especular, y se toca el terreno de la metafísica, de la magia, de la alquimia de las fuerzas espirituales o simplemente, de un misterio más de la naturaleza. Sea lo que sea, seguimos frente a ese arcano inasequible que hace del arte lo que siempre ha siso y será: una fuerza ideal que engendra belleza y así, agrega al mundo y al universo algo que antes no existía, para luego ser, pero cuyo nacimiento no podemos conocer.


Con esto, se hace más complejo aún contestar las preguntas básicas: ¿Se busca o se encuentra la obra máxima? Si el encontrar presupone una búsqueda previa, un ir hacia algo de forma intencional, deliberada, ¿sucede lo mismo en el arte? Sea dicho que no, que la obra no está a la voluntad, a la disposición del artista, no está en función de un llamado antojadizo. Entonces la obra se encuentra. Asumamos que sí, que es un encuentro. Pero entonces, ¿por qué ese encuentro y no la búsqueda en el arte, es entendido como lo primordial, como el acto inicial y el más importante? ¿Qué razón estética se esconde en esta idea? Quizá la misma razón platónica, que define el proceso del conocer como un recordar. Sólo conocemos lo que recordamos, conocer, aprender es entonces recordar; recordar algo que un día estuvo frente a nosotros, o con nosotros. Y si es así ¿adonde?, y si es así ¿cuándo?

Y se vuelve a especular en este punto: ¿aquel o aquella que crea una obra perfecta, eterna, con su lucha y con su genio, participó alguna vez de algún lejano lugar, de alguna escondida instancia, de otro mundo desconocido a nosotros donde sólo existe la sustancia de eso que llamamos belleza? Y de ser así, al crear, al escribir, al esculpir, al pintar, al componer, tan sólo recuerda esos cánones ignotos de la creación, esas reglas infinitas que le permiten recomponer de nuevo el universo con palabras, formas, colores, sonidos… El artista, al crear, recuerda lo que conoció, lo que vio, quizá, lo que escuchó, del otro lado de este mundo cuya totalidad, nosotros los mortales, apenas percibimos.

La gran escritora Marguerite Duras, quien fue una incansable artista en busca de la más acabada pureza de las palabras, parece confirmar lo arriba dicho, cuando en sus obras nos escribe:

¿Cómo hablar de eso, cómo describir lo que conocía y estaba allá, en el rechazo casi trágico de pasar a lo escrito, como si fuera imposible”[2]

Y luego,

“Arrojar la escritura fuera, maltratarla casi, si, maltratarla, no suprimir nada de su masa inútil, nada, dejarla entera con lo demás, no formalizar nada, ni velocidad ni lentitud, dejar todo en el estado de la aparición”[3]

Como en un acto de magia, la autora nos deja entrever un estado del artista –del escritor en este caso-, en el cual las palabras parecen haber estado en otro lugar, de donde son arrancadas como frutos maduros de algún árbol -para la mayoría prohibido- que se encuentra…en el jardín primigenio de la belleza, jardín donde a su vez, a sus árboles les cuelgan otros frutos: formas inimaginables para la escultura; colores y tonalidades de colores para la pintura; sonidos, racimos o círculos de sonidos para hacer la música, si es que ahí, se les pueda dar el nombre de formas, colores o sonidos.


Y una vez arrancadas las palabras, viene otro misterio, y es que “todo escritor posee un sexto sentido que le indica cuándo ha alcanzado su meta, cuándo el texto que ha venido trabajando ha alcanzado ya la forma que debería tener. Ese momento es siempre un momento de asombro y de reverencia[4] El mismo asombro y reverencia como cuando la persona se encuentra con algo desconocido, pero sagrado, con un mito. “Lo desconocido que uno lleva en si mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada… La escritura es lo desconocido.”[5]


Pero además de ese acceso misterioso a lo desconocido, o junto con el, a la persona, al artista, al escritor, le está dada otra facultad, que se corresponde con aquel privilegio: la facultad de que, haciendo uso de esos recuerdos, de esos poderes de su alquimia preciosa, pueda convertir todo lo que toca -¡que va!, pueda trasformar todo lo que vive, en belleza. Y sobre esta facultad, Borges dice: “Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y eso tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo. Por eso yo hablé en un poema del antiguo alimento de los héroes: la humillación, la desdicha, la discordia. Esas cosas nos fueron dadas para que las trasmutemos[6], para que hagamos de la miserable circunstancia de nuestra vida, cosas eternas o que aspiren a hacerlo.”[7]

Y como fiel a ese precepto de conducta, -que sólo los artistas conocen y practican solitarios-, el insigne poeta salvadoreño Roque Dalton, escribe :

Mi dolor, ah, queridos,
Mi dolor, ah, querida,
Mi dolor, es capaz de inventarnos un pájaro,
Un cubo de madera
De esos donde los niños
Le adivinan un alma musical al alfabeto,
Un rincón entrañable
Y tibio como la geografía del vino
O como la piel que me dejó las manos
Sin pronunciar el himno de tu ancha desnudez de mar
[8]



El goce estético de lo creado.


No buscar, encontrar, decía Picasso, y hay que reflexionar despacio y con profundidad en esa cita del maestro, que es útil otra vez, para imaginar lo que sucede en la contemplación, en el goce de la obra ya creada. No buscar, encontrar… Es que cuando la persona ha decidido dedicar la vida, o lo que pueda dar de la vida, para reverenciar, rendir culto, ser ingenuo seguidor o tímido admirador de lo verdadero, lo bello o lo justo que pueda quedar en el mundo, el hecho de encontrar, -o sea, de maravillarse, o sea, de dejarse deslumbrar, de sorprenderse aún, genuinamente, con lo que de repente sale al encuentro como sorpresa o como misterio-, mientras se camina confuso por el camino de los días, permite vivenciar ese encuentro con lo bello, como un acontecimiento único, personal, fatal si se quiere, determinante para ésta o aquella persona, como un encuentro que viven niños extraviados que van sobre un sendero, y que de súbito, les dispara mariposas, o les hace llover flores.

Es que la belleza esta ahí, para atacarnos, para prenderse de nosotros, y llevarnos con ella, subyugarnos, salvarnos, redimirnos. Y en ese encuentro, se juntan quizá dos momentos, el nuestro, el momento del que encuentra, y el otro, el momento inmanente del que crea, sea Dios, la naturaleza o el artista, o el poeta. Todo está dicho ya en el Himno a la Belleza de Baudelaire, todo.

Tu mirada contiene el ocaso y la aurora,
Y derramas perfumes como tarde de lluvia;
Son tus besos un filtro y tu boca es un ánfora
Que acobardan al héroe y dan ánimo al niño…


De Satán o de Dios, ¿qué más da? Ángel, Sirena,
¿qué más da si al fin tornas – hada de ojos nocturnos,
ritmo, luz y perfume, oh mi reina y señora-
menos ruin este mundo y este tiempo más leve?
[9]


Ese es el momento del que encuentra, del que se deslumbra con la luz refulgente de eso inasible e indecible de lo bello. Y así se cierra un círculo infinito, un tiempo creativo circular: la obra creada, y la vivencia estética del que encuentra lo creado. La escritura y la lectura del libro, del poema. El mito y el rito como ritmo del arte-diría Octavio Paz-, su arcano y su experiencia, su vivencia. Alguien creó, y alguien distinto encontró. Alguien escribió y otro leyó, pero de un lado a otro, corre la misma luz, pues el que encuentra recrea, pues el que lee, reescribe.

Y en esa dialéctica creativa, como rito, sobrevive la reverencia, surgen nuevos misterios que conllevan a su vez a otro mito: el hombre o la mujer, la persona que crea, hacen de su obra creada su sustancia, y así, le rinden gracias, por ser lo que ellos son, por trasmutarse ellos mismos en lo que crearon. Y por eso Neruda canta:


Y ahora,
Poesía,
gracias, esposa,
hermana o madre
o novia,
gracias ola marina,
azahar y bandera,
motor de música,
largo pétalo de oro,
campana submarina,
granero inextinguible,
gracias,
tierra de cada uno de mis días…
[10]

Neruda besa su criatura, como el escultor a su escultura ya viva. La personifica. Pero todavía más misterioso en la vida de asombro y encuentros de un poeta, es que llegado a la orilla donde empieza su muerte, éste, que un día se maravilló por vez primera con el mundo, que formuló sus preguntas infantiles -simiente de su mejor poesía, que elevó hasta alcanzar sus Odas-, que se confundió con lo creado; vuelve, con su postrer obra, al punto inicial, a la actitud primera, al proceso de la transmutación, madura, del mundo en pregunta y en poesía. Con El libro de las preguntas, su última obra, Neruda vuelve de nuevo adonde comenzó el encuentro con las cosas más elementales.


¿Oyes en medio del otoño
detonaciones amarillas?

¿Por qué razón o sinrazón
llora la lluvia su alegría?

¿Que pájaros dictan el orden
de la bandada cuando vuela?

¿De qué suspende el picaflor
su simetría deslumbrante?
[11]


Volver al origen, quizá, sea ese el fin último del goce estético de lo ya creado. Regresar al principio. Trasmutarnos y trasmutar para volver al inicio del arte, a nuestro propio inicio del asombro como semilla que trasciende.


La recreación de la obra creada.


Encontrar y crear, para después volver a encontrar, pero también recrear. Y esa recreación, también es un momento sublime del encuentro. Es una comunión mágica, un vínculo maravilloso, un rehacer que termina en el hacer perfecto. Es el mayor tributo al encuentro maravillosamente común, del primer momento, pero en su nivel excelso.

Recibir la obra, acogerla y reinventarla. Y ahí está, por ejemplo, el Concierto para violín, de Fritz Kreisler, hecho a partir del Concierto No. 1 en D, Opus 6, primer movimiento, de Giacomo Paganini. El maestro del violín del siglo veinte, recrea en las alturas de la excelsitud, lo que sólo puede ser hecho por él: tocar, posar sus dedos sobre la obra del maestro del violín del siglo diecinueve. Recrear la obra cumbre. ¡Osadía sólo de los genios!

Quien si no Borges, pudo recrear, aquel cuento de los dos que sueñan encontrado en las Mil y Una Noches. Allí está, recreado, en su Historia universal de la Infamia. Lo universal sólo puede ser recreado por lo perfecto. Y he aquí, que Borges encuentra, se maravilla con una trama de la mejor ficción, aquella de las múltiples interpretaciones, de las múltiples caras, las que no tienen tiempo ni lugar; las que juegan con los símbolos, el tiempo, el destino y los sueños, en fin, las más caras al inventor de El milagro secreto, y sin quitarle el polvo de oro que le pone el tiempo, la coloca sobre la mesa de sus tesoros, de forma tal que siga viviendo. Tan sólo trabaja para el lenguaje, para la belleza literaria, para la continuidad del poema mismo, dentro de la más clara honestidad de curador, de siervo del arte mismo.


Y es que aquí, en la recreación de la obra ajena, llegamos a un punto máximo, donde muy pocos participan. Es aquí el lugar para los visionarios de un arquetipo, ese símbolo que juega con el tiempo circular, dentro del cual el artista, el elegido como delegado del espíritu, se reencuentra con el mito, el mito del arte, ese que nos explica o nos quiere develar o decir algo de la vida, o de la historia, o de nosotros: nuestro destino, nuestro anhelo o nuestra cuita o nuestra muerte. Y frente a ese mito, ese ser, llamado artista, debe realizar un rito ineludible: debe intuir los secretos y nos los debe mostrar - otra vez- con su lenguaje, como poesía, como lienzo, como sonata. Nos lo debe donar, arropado ahora, con las facultades creativas propias de ese hechicero de lo bello en este tiempo, nos lo debe mostrar acentuado en su encanto milenario, colocado nuevamente con dulzura entre las cosas del altar eterno de la belleza.



Jorge Castellón

Houston, Texas. Junio de 2008


Notas:

[1] El misterio de la creacion artistica. Stefan Zweig. Sequitur.Madrid 2007.
[2] Cita de Christiane Blot-Labarrére en su estudio En Marguerite Duras el paraíso no existe, prólogo a C’EST TOUT- ESTO ES TODO. Marguerite Duras. Ollero y Ramos Editores. Madrid 1998.pp.44

[3] Ibid. pp 45
[4] A la sombra de tu nombre. Rosario Ferré. Alfaguara. 2000. pp. 135. Los subrayados en la cita son míos, y los escojo porque dejan entrever cierto conocimiento a priori del artista, y a la vez, de forma explicita ese asombro ante la obra, esa reverencia ante algo más fuerte o desconocido.
[5] Escribir. Marguerite Duras. Tusquets editores. Mexico. 1994. pp 55
[6] El subrayado es mío.
[7] Siete Noches. Jorge Luís Borges. Fondo de Cultura Económica. 2005
[8] La ventana en el rostro. Roque Dalton. UCA Editores. 1996.
[9] Las Flores del Mal. Charles Baudelaire. Clásicos universal Planeta pp 33
[10] Odas Elementales. Pablo Neruda. Debolsillo. Argentina. pp. 174
[11] The Books of Questions. Pablo Neruda. Traslated by Williams O’Daly. Cooper Canyon Press. 1991.pp 47

miércoles, 18 de junio de 2008

Borges

Hablamos de Borges una noche con un hermano y amigo de aventuras literarias. Nos preguntamos cómo pudo Borges, en la vida que le tocó vivir, cometer tantas insensatas acciones políticas: apoyar una dictadura, aceptar recibir una condecoración de Pinochet! Usualmente ésa es la clase de referencia que en algunos círculos de él se hace. Me quedé con la inquietud de decir algo, de reivindicar quizás, un escritor, no una persona.

Cuando pienso en Borges, me convenzo que era un hombre que sólo vivió para la literatura. Fuera de ella, podía decir o hacer, en el ámbito político claro, cualquier insensatez, cualquier cosa sin sentido. A Borges hay que verlo, por lo que fue: un hombre que únicamente leyó y un hombre que escribió de una forma perfecta. Continuar una tradición, desarrollar un lenguaje, disfrutar el momento estético en Borges, requiere ceder, no conceder, ceder a su legado, tal y como él lo concibió.

Existen miles de artículos y decenas de biografías que los expertos han hecho de su vida y de su obra. Yo me atendré a su doctrina: ir a la obra, no leer la crítica. Borges jamás leyó la crítica de un libro. El disfrutó la obra. Eso le permitió navegar en todas las tradiciones, dominar diversos campos, ahondar múltiples pensamientos. Dijo, que no nos debemos a ninguna tradición, si no, a todas. Fue fiel así mismo siempre literariamente. Conocedor del idioma inglés y el francés; lector asiduo del italiano y el alemán, Borges no tuvo fronteras en las tradiciones. Hizo de la teología y de la historia incluso, un tema literario. Recordemos el cuento “Tres versiones de Judas”.

Su vida personal, su subjetividad más íntima está en su obra. Allí siguió siendo fiel: su terror a las máscaras, a los espejos y a los laberintos. El yo lo aterraba, la confusión sin fin en el espacio y el tiempo fue su tema; la casualidad, las causas, la mortalidad, el olvido, Dios y… el amor. De niño pasaba horas observando los tigres en el zoológico de Buenos Aires: de ahí vendrá un cuento hermoso que el llamó: La escritura de Dios

En esa contradicción que nos planteó de él mismo, nos enseñó que uno puede querer o no al escritor, pero su obra ya no le pertenece y la podemos hacer nuestra. Borges fue conciente de ello. Decía que existe una memoria eterna en la literatura y el escritor la prosigue, la recrea. Al afirmar que “el escritor crea sus predecesores”, hacía referencia a ese proceso de creación-recreación -inconsciente la más de las veces- en que la memoria renace sin que el escritor lo sepa, y luego, el escritor descubre que lo que dijo, ya antes había sido dicho…de otra forma. De esa manera resulta que la memoria, como el tiempo, es circular. Es un eterno retorno. Aquí está otro tema borgeano: la circularidad.

El mexicano Carlos Fuentes -quien no quiso nunca ver a Borges en persona, pese a que siendo adolescente vivió en Argentina y no le faltó ocasión para ello-, menciona que haberlo visto, entrevistarse con él, hubiese sido como ver un dios. Al verlo, perdería su misterio. El Veracruzano, pienso, hereda de alguna forma esas ideas borgeanas del tiempo y del espacio y hace suya esa idea de la tradición. Al sentarse a escribir, dice Fuentes, el escritor debe cargar con toda la tradición en la espalda. Dato particular, a su obra completa Fuentes le nombra “Los círculos del Tiempo.”

El único autor latinoamericano en la biblioteca de Borges es Alfonso Reyes. El regiomontano se gana el privilegio de ser literariamente su huésped, siendo que para Borges, Reyes es el mejor prosista en lengua castellana de todos los tiempos. Leyendo a Reyes, uno atisba la comunicación entre ambos. Recuérdese “La caída” y “La cena”, cuentos ambos en que Reyes adelanta al gran maestro. Pero también Borges no guarda ninguno de sus propios libros en su casa, lo considera una falta de respeto.

Amó la Divina Comedia y Las mil y una noches con un amor particular, y disfrutó y enriqueció con sus elogios toda la literatura escrita en inglés

Borges, parece nunca haber reconocido de lleno el talento de Cortazar, pese a que fue Borges quien le publica su primer cuento. “Recuerdo un hombre exageradamente alto”, es lo único que dice Borges del también escritor argentino, y nunca participa de los encuentros con los nuevos escritores latinoamericanos. Con Sábato diferían, pero incluso llegaron a hacer famosos sus profundos debates. Pero su gran amigo literario fue Adolfo Bioy Cáceres. “Adolfito”, como le llamaba, fue su co-autor en varios artículos y libros. Victoria Ocampo también es amiga cercana del escritor. Contradicción tras contradicción, Borges crea sus admiradores y detractores.

En su otra vertiente, no existe escritor nacido en Latinoamérica, que haya profundizado más en el idioma inglés como Borges. Fue capaz de ahondar en los orígenes de ese idioma nórdico, y en colectivo – cosa rara-, realiza un estudio del escandinavo y sus leyendas. En colaboración, crea a su vez, una obra imaginariamente insólita: El libro de los seres imaginarios. Aquí recorre la mitología occidental y oriental –exceptuando la mesoamericana, por supuesto-, y lega un libro donde la erudición y la literatura se hermanan creativamente. A la vez, Borges, trae al español la tradición judía. Sus cuentos están llenos de referencias y conceptos de esta tradición. Poemas como El Golem son el resultado de esta incursión maravillosa.

Existen dos obras poco conocidas del autor: Siete Noches y The Craft of Verse. Al parecer la última sólo se ha publicado en inglés. En ambas, cuyo contenido son conferencias en Argentina -la primera-, y en la Universidad de Harvard -la segunda-, Borges desarrolla una teoría estética del verso, sin teoría. Únicamente describiendo sus encuentros personales con la poesía, la vivencia estética de un lector. No me jacto de lo que he escrito, me jacto de lo que he leído, repite siempre en diversas formas.

Personalmente creo, que hay dos cuentos de Borges donde su imaginación literaria alcanza su cenit: El inmortal y El milagro secreto. En el primero, nos introduce en una pesadilla, de la que difícilmente salimos ilesos. Nos enfrentamos a un lugar insólito donde el tiempo esta quieto, donde viven los que siempre existen. Laberintos sin fin, escaleras que no van a ningún lado.

Creo que el sueño era importante en la creación de Borges. El sueño o la pesadilla. Borges de alguna forma era un Dalí de las letras. Recuérdese su vertiente surrealista. El segundo cuento que refiero, es una creación increíble de un hombre que le pide a Dios la oportunidad de terminar un libro inconcluso antes de ser fusilado. Dios le concede el regalo. Y el hombre escribe en ese ¿tiempo? que media entre, el disparo de la bala y el momento en que penetra en su cuerpo. “No trabajó para la posteridad, ni aun para Dios” dice el cuento. Hay aquí, la obsesión y la mística de un escritor como cualquier otro que batalla con su necesidad de crear.

Pero Borges también hizo poesía. Cristalina, pura, depurada, perfecta. Y es en la poesía donde los temas se abrevan en su nítida sustancia de musicalidad y profundidad. Temas como El reloj de Arena, Límites, La moneda, van entre poesía y prosa; entre tratado filosófico y anecdótica doctrina. Nunca dejó de ser el cuentista, e hizo de la poesía casi un cuento y del cuento una poesía.


Borges el hombre, no tuvo hijos, sí varios matrimonios “arreglados”, su condición de ciego le hacia necesario una persona que le cuidara pues su madre envejecía. Se enamoró ya cerca de sus ochenta años en una controversial relación con una estudiante suya: Maria Kodama. Juntos viajaron por todo el mundo, hasta llegar a Ginebra, donde Borges muere en 1986. Se le considera siempre un escritor para escritores.

Jorge Castellon

Septiembre 2006
Revisado diciembre 2007

Publicado en:

El Faro, El Salvador
http://www.elfaro.net/secciones/el_agora/20061002/ElAgora9_20061002.asp

Revista Amsterdam Sur, Holanda
http://www.amsterdamsur.nl/JCastellon2.html